lunes, 15 de diciembre de 2014

Caen

Dice mi vieja que de bebé nunca molestaba, ni lloraba. Cuenta que me dejaba abajo de un árbol y me quedaba toda la tarde ahí sonriendo, mirando la danza de las hojas.
             
Aceleré, se estaba por acabar el pavimento. En la segunda curva se abrió el horizonte: apareció el lago, rodeado de cipreses, robles y cohiues, que crecen en rocas y caen el agua en picada. No quedaba rastro del otoño y su gama cubista de ocres, rojos, amarillos y naranjas que se reflejan en figuras sobre el lago. El invierno es los verdes y el agua plateada.
Llegué al mirador y hacía más frío que a la mañana. El cielo se había cubierto un poco. Dejé la moto y la mochila y me acerqué a la baranda. Del otro lado se veía la cascada. Siempre tuve una fantasía con las cascadas japonesas que están pintadas como en acuarela con esos pinceles finitos, rodeadas de bambú. Las patagónicas son parecidas, pero rodeadas de caña colihue, una especie más finita que el bambú.
La cascada caía abriendo un tajo en el bosque verde invernal de pocas hojas en las primeras ramas. La miré extasiada unos segundos. No quería sacarle fotos, no quería llamar a alguien para que la vinera a ver: quería verla yo sola, pero verla en serio con cada átomo de mi cuerpo hasta

ser su agua fría
estruendosa
bajando entre piedras
cauce crecido
nevada reciente
que rompe ramas nuevas y aturde.
           
La quería mirar sólo a ella unos segundos, sin pensar en nada. Mirarla, pero mirarla en serio. Escucharla, pero escucharla en serio y sentir la bruma húmeda y plateada que se acercaba a mi cara sin tocarla y coronaba el bosque como una nube que perdió su camino.
            Cuando pude levantar la mirada, vi entre las copas que había empezado a nevar. Era una nevada de copos gordos, que tardan en derretirse en la mano y en la campera.

Ahí los vi, misiles en mis retinas.
Caían sobre mí en combas excéntricas.
Caían como salidos de chorros con centros infinitos.
Caían entre las copas que se abrían para engullir la cascada.
Caían sobre mí que veía el cielo plateado, nublado.
No sabía por dónde empezar a amarlos.
No sabía si mirar, oler, tocar, comer o gustar.
Los miré primero, como había visto la cascada.
Los miré sabiendo que estaba sola y que nadie iba a verlos ese día con ese cielo.
Los copos dibujaban ciudades, bibliotecas y cartografías neoclásicas en mi campera antes de derretirse (por la mitad) y quedarse apuntándome desde el hombro.
Caían seguido, de a muchos.
No quería irme.
Quería quedarme ahí en el mirador escuchando la cascada
en el bosque frío de invierno con los copos que caían
como en las fiestas cuando largan el humo
o como en los recitales cuando largan el papel dorado
Caian y me acariciaban como si fuera una deidad invernal con sombrero de lana
Caian y yo los miraba con los mismos ojos con los que miraba bailar las hojas de los ábroles.

Caían, caían, y me hice una promesa a mí misma.
No me prometí sacarles una foto,
no me prometí escribir sobre ellos,
no me prometí volver en un día parecido para tratar de verlos

No me prometí nada de eso,
pero sí me prometí que no me iba a olvidar nunca de la imagen
Los copos cayendo como pequeños círculos
y como pequeñas manchas sobre un fondo plateado.

Cuando los enfocaba de cerca eran como castillos de hielo,
como matemáticas eternas y borgeanas.
Me prometí no olvidarme,
no de eso de los castillos,
sino de esos copos redondos y grises
como manchas o como hombres que se tiran de un avión
 vistos desde muy abajo,
o como misiles de amor.
Me prometí no olvidarme nunca de esa foto mental y sensorial
con el ruido de la cascada y el fondo plateado.
Me prometí que si alguna vez estaba triste iba a acordarme de esos copos
que miraba extática,
obsesiva,
estoica
que se derretían y enganchaban en mis pestañas,
enfriaban mi cuello y mojaban mi ropa.
Me prometí eso y nunca rompí esa promesa. Todavía hoy no me olvido nunca de esos copos y de esa fiesta que me esperaba en la cascada.
Pasaron diez años y cada tanto la miro.
 No la tengo guardada en una carpeta,
nunca la voy a perder y,
 hasta ahora,
 nunca le había contado a nadie de ella.


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