lunes, 15 de diciembre de 2014

Microsegundos

La mujer que está en el centro de la imagen es el punctum de la fotografía. El punto donde los ojos se detienen inevitablemente, y se demoran. La mirada recorre el resto de las caras, el extraño encuadre (que puede ser la cabina de un barco) pero se fija, finalmente: en ella. Atrás el mar, o un lago, y montañas. Las personas, también, sonrientes. Un rubio  es el único que no mira a la cámara que está por registrarlo. Ella en el medio. Su torso recortado por una postura como de actriz. Su mirada, de perfil, perfora el lente de la cámara.
Registrarlo todo es la pasión de algunos. Hombres y mujeres que después de la invención de la cámara obscura registran en fotografía y video. El click del obturador. Benjamin, Barthes, Deleuze y Godard. Una generación obsesionada por la tecnología de la imagen. Mi viejo y su manía por la fotografía, por los videos. Los estantes llenos de super ocho. El palo en moto, una flor que abre sus pétalos en cada captura, el viaje de egresados, Chile en motorhome con amigos, mis primeros pasos tambaleantes en el bosque, los partidos de fútbol y un atardecer filmado cuadro por cuadro. La cámara fija y un cielo que se destiñe del celeste hacia los naranjas y los rosas, hasta llegar al azul y el violeta estrellado.

El punctum es su sonrisa. O la mirada. O las flores que tiene en sus manos y muestra a la cámara. Sonríe, está contenta. No está cansada de que mi viejo la fotografíe. La obsesión por registrarlo todo, en la foto, en el video, en la grabación es una tradición familiar. En las fotos hay fantasmas. Personas muertas sonríen, miran o interrogan con su luz que se imprime sobre los granos de plata. Como estrellas que siguen iluminando después de su muerte.
            Eso que todos tenemos. Incluso mi hermana y yo. Tan pero tan hermoso, que es imposible no decir la verdad. Si bien nací con incapacidad para mentir, a veces, uso algunos términos en sentido amplio. En este caso mentiría si no dijera que mi hermana es mi mejor amiga.
            Barcos que navegan entre montañas y lagos. Una nena que sonríe mostrando las flores de una retama patagónica. Las personas que se crían en la naturaleza salvaje, son especiales. Eso veo cuando me cruzo con la mirada de mi hermana. Pienso en el frio en sus manos. En sus pies quizás enfundados en botas de goma. En mi viejo que la ayudó a vestirse. En ella y en cuanto ama el bosque.
El bosque que con sus columnas de árbol rodea la infancia. Como las columnas de Gaudí rodean la nave de la sagrada familia. Él pensaba en un bosque cuando la diseñó. Mi hermana lloró cuando los vio. Años después yo hice lo mismo.
           
Una nena sonríe mientras sostiene el pie de la del medio. La tercera hace una posición de ballet sola y, la velocidad del obturador y la luz del momento, decidieron que su mano esté movida. Las rodea el bosque. Las ramas se recortan negras, arborescentes, sobre el cielo. Quemadas porque la luz del cielo decide el par velocidad-obturador. Ellas salen visibles, no en foco, pero visibles. La nena de la izquierda sonríe y se parece a mi tía Fernanda, tan modosa. La del medio tiene las cejas de Frida Kahlo y la deja hacer mirando tranquila con las manos cruzadas sobre el regazo. Una cruz de madera recorta su vestido blanco, justo por encima de los antebrazos. Ella mira desde el centro de la escena.  Mientras mira se mete en el centro de la imagen. Es el punctum de la foto.
Una foto es, el último viaje. Es el instante donde la vida se recorta, punza sobre la muerte. Mata la muerte con muerte porque detiene. Pero nunca hay un último viaje. Las fotos me llevan a infinitos comprendidos en infinitos.

Una mujer, un barco y un lago. En la segunda la niña muestra las flores y sonríe. En la tercera las tres se dejan acunar por el bosque.  Misterioso vínculo entre lo femenino y la naturaleza. 
Mientras escribo escucho el ruido de la lluvia que acaricia en su ritmo atonal las hojas de los árboles en el patio de San Telmo. Me gustaría estar ahora, desnuda o con ropa, con o sin caballo, sin o con resfrío, abajo de esa agua, abajo de esos árboles. Me gustaría clavarme todas las astillas de esos troncos mientras los subo. Me gustaría dormir en sus ramas. Me gustaría hacerme una corona con las hojas. Me gustaría invitar a mi hermana a construir una casa ahí arriba.

            Si pudiera bajaría a la calle y ensillaría para galopar una semana bajo la lluvia entre araucarias de quinientos años. No llevaría una cámara. Confío, de otro modo, en la eternidad de esos microsegundos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario